2005-07-15

Había una vez…


Hablar del cuento es más que hablar de un género periodístico ; es hablar de todo un bagaje cultural con tintes de imaginación, que siempre desembocan en varias formas de narrar la ficción, la comedia, el drama y otras más…

Esta es una de ellas. Bienvenido y bienvenida.


Fingersiño


Madre- preguntó la niña- ¿Por qué la luna hoy parece triste y el cielo llora para acompañarla? Porque recuerdan la pérdida de un niño- dijo ella.

Érase una vez siglos atrás, cuando el planeta fue habitado por prestigiosos sabios hechiceros, guerreros y gente normal. Había una vez una doncella, descendiente de una familia de magos, se llamaba Martina Agorera, bella pero sin el don de la hechicería, un día su padre antes de morir le dijo, -sólo una vez en tu vida tendrás el poder de la magia que viene de la luna, vendrá y se irá.

Años más tarde, Martina contrajo matrimonio con un apuesto guerrero, Finger Adalid. Pasaron años juntos, pero nunca llegó su descendencia, hasta que una mala noche de luz tenue Martina recordó el vaticino de su padre; corrió como loca desesperada por entre las colinas tratando de averiguar donde descansaba la luna y en la cúspide de una alta montaña, invocó sus poderes a gritos; de pronto el cielo se abrió y apareció un fulgor platino, era la luna en su aposento y le habló:

–Qué quieres Agorera hija del viejo Zahorí - busco el poder que me prometió mi padre, le dijo- Lo tienes concedido- le contestó; más ella increpó que no precisamente hablar con la luna era su deseo, sino tener un niño – está bien- replicó la señora de la luz.

–No sólo tendrás uno sino cinco, tres hombres y dos mujeres, el primero nacerá después de nueve meses, y los siguientes con un espacio de dos años, pero a cambio tu me entregarás tu primogénito como tributo a mis siglos de soledad-.

Martina Agorera enfurecida por la envidia de su señora, no aceptó el precio de tan grandioso milagro y no tardó en lanzarle una serie de sátiras en su contra, -¿Para qué necesitas tu un hijo de mi piel? ¡Pídeselo al señor de los fulgores dorados que sale en el día!, ¿acaso no puedes darle un hijo, tal vez porque tu corazón está hecho de hielo? Pues el mío está hecho de amor y jamás regalaré el fruto del amor que me profesa mi esposo- gritó Agorera.

La luna embraveció de cólera y tristeza, brotó de ella una lágrima y al descender por su rostro fúnebre antes que cayera al suelo ya se había convertido en escarcha plateada, y la luna se alejó como un estruendo a lo profundo del cielo, las señoras de la manta blanca se escandalizaron y llovieron sus lágrimas por todo el pueblo, pero antes de ocultarse la señora de la noche dolida en su sentimiento maternal le dijo - me has desafiado y has faltado la tradición de la generación de los sabios hechiceros

– tendrás tus hijos pero nacerán del tamaño del dedo más pequeño de tu mano, y todas las noches que recuerde tu traición llamaré a los señores del ruido eléctrico del cielo, al señor del silbido de la brisa, a las señoras de la manta blanca, a la señora de humo gris para que te recuerden que uno de ellos me pertenece y para llorar mi dolor.

La luna cerró el firmamento y la noche fue tan oscura que Martina no atinaba el camino de regreso a su casa y la lluvia la persiguió incesante.

Pasaron nueve meses, una tarde de frío intenso, el viento soplaba tan fuerte que las casas parecían pelear con él aferradas al suelo con miedo de no ser levantadas, los truenos entonaban una canción de terror, la lluvia se había desatado por horas y ya llevaba cincuenta centímetros de la superficie del suelo y la neblina deambula como buscando algo perdido, era una tempestad terrible.

Pero en la casa de los Adalid Agorera un niño del tamaño de un dedo nacía- Finger le dijo a Martina, -qué extraño, debe ser por tu familia porque en la mía nunca se vio algo parecido.

Al recién llegado lo llamaron Fingersiño, por el terrible parentesco con su padre, pero fue tan tan pequeño, pero tan pequeño, que parado junto a un flor parecía un insecto.

La madre, continuó arrullando a la niña y está le preguntó nuevamente ¿Y porque mis dedos se llaman como el niño?

Fueron cinco hijos, cinco generaciones distintas, le contestó la madre, uno más grande que otro pero siempre nacieron del tamaño del dedo más pequeño de Martina.

A Fingersiño lo apodaron “pulgar” por su tamaño; luego llegó a la familia un nuevo miembro lo apodaron “índice” por su singular manera de fijarse en las personas y señalarlas por sus defectos; luego vino “medio” lo llamaron así porque Martina sabía que iba a ser el hermano intermedio; dos años más tarde nació “anular” una niña malcriada la llamaron así por destreza en desobedecer; y por último dos años después nació “meñique” la consentida de todos.

Todos conocieron esta historia, y empezaron a llamar a sus dedos como la familia Adalid Agorera llamó a sus hijos.

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